Con educación y paciencia luchan para erradicar el trabajo infantil en la Costa Caribe.

12 06 2009

COLOMBIA  – En la escuela Kiwanis estudian más de sesenta niños trabajadores. Tras pocos meses ya empiezan a mostrar amor por el estudio.

‘Espacios para crecer’ es un proyecto de la Universidad del Norte que ocupa tres horas diarias con actividades que incluyen el desarrollo académico, recreación y crecimiento personal.

Mil pesos diarios recibía Jesús Manuel Valdés, de 8 años, por cambiarle el aceite a las motos e inflar llantas en un taller de mecánica cerca de su casa, en Barranquilla.

Desde febrero pasado invierte su tiempo en la escuela y aunque dejó de recibir ese dinero, que usaba para ayudar a su mamá con los gastos domésticos, ahora tiene claro que “es mejor estudiar que trabajar”.

Parece una frase obvia, pero cobra sentido frente a los más de dos millones de niños colombianos que, según cálculos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), trabajan en el país.

En muchos casos se trata de jovencitos que no están escolarizados o están en grave riesgo de abandonar el colegio, de acuerdo con Jorge Palacio, coordinador desde la Universidad del Norte del programa Espacios para crecer.

“Cuando llegan son agresivos, hablan a gritos y no soportan trabajar en grupo”, señala Lola Turizo, conocida por ellos como ‘la seño’, su profesora en el colegio Kiwani, en el nororiente de Barranquilla.

Pero con el tiempo, “y sobre todo enseñándoles con mucha paciencia y amor”, esos niños cambian su comportamiento y se interesan por aprender.

Hay días que llegan a la escuela hasta dos horas antes de la hora habitual, dice ‘la seño’, quien dedicó días enteros a caminar la zona buscando a los candidatos indicados para participar en el programa este año.

Después de haber recibido mucho sol logró convencer a 68 niños para que asistieran a sus clases. Algunos de ellos también van a estudiar en la jornada contraria, pero “con frecuencia están en conflicto con los otros niños y la maestra” porque no están adaptados a la vida académica regular, indica Jorge Palacio.

Las tareas que les ponen son cosas aparentemente elementales como ir a la casa y abrazar a la mamá, pero para ellos significa todo un cambio en su forma de vida, dice la profesora.

En el salón conviven niños de todas las edades y varios niveles académicos porque no se trata de hacer clases convencionales sino actividades que los preparen para pasar del trabajo callejero al aula.

Y ya se está logrando el objetivo. “Si uno no estudia nunca va a progresar. Nunca va a aprender”, dice Jonatan Cáceres, un pequeño de 10 años que hasta hace poco trabajaba con su papá arreglando celulares y hoy es de los más asiduos a la clase.

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FUENTE: ELTIEMPO.COM

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